INSTRUCCIONES DEL FABRICANTE

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El término legado está relacionado con el verbo legar, que se refiere a transmitir ideas o dejar una herencia estipulada en un testamento. ¿Quién no ha pensado en la idea de ser llamado por un abogado, para pedirle que asista a la lectura del testamento de alguien famoso?

Esa es la connotación que tenemos de legado, una jugosa herencia material, y no está mal pensar y trabajar en ella, pero hay una intangible que tiene la capacidad de trascender y no gastarse.

Quienes hemos tenido la oportunidad de nacer de nuevo y conocer al Señor reconocemos que heredamos una bendición que le fue dada a Abraham. Tu familia y la mía están implícitas en la promesa que Dios le dio a Abraham “y serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Génesis 12:1-3). Eso nos conecta en esta revista que debe su nombre a este personaje que creyó de tal manera que ha sido el único reconocido como “amigo de Dios”.

El legado al que me refiero es la bendición, esa que no añade tristeza, sino que nos llena de fe, rompe las cadenas, sana, nos llena de esperanza, da identidad y convicción de que no estamos solos.

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Soy madre de dos hermosas niñas, la primera es una artista de 17 años, la segunda es una futbolista de 14. Reconozco que las dos son un regalo inmenso de Dios, no hay otra explicación a lo que ellas son y representan en mi vida. Con las dos me abrumé al asumir la responsabilidad que Dios me delegaba al prestármelas y tengo que confesar que en el proceso me he equivocado mucho más de lo que yo hubiera deseado.

En una ocasión me atreví a preguntarle a Dios qué planes tenía para ellas y en su infinita misericordia me habló a través de un amigo. Sin saber que yo estaba en ayuno para escuchar la respuesta de Dios, me contó un sueño que puntualmente respondía mis oraciones. Así que hoy, cuando pienso en su futuro y las cosas que me gustaría que ellas logren, trato de preguntarle a Dios si eso está incluido en sus planes.

El legado espiritual sostendrá a nuestros retoños aún cuando ya no estemos con ellos, les hará dependientes de Dios y cumpliendo su propósito podrán alcanzarán su mejor potencial. Desde esta perspectiva, vale aclarar que ningún hijo es un “colado” o un problema de cálculo o anticipación, responde a un plan divino porque Dios no se equivoca.

Tampoco se equivocó al escogernos como madres, por muchos temores que nos propicie esta responsabilidad, Dios nos escogió para esta meta. Él nos ha prestado a sus hijos para que seamos ese canal que los lance y los dirija muy lejos. Pero necesitamos buscar sus indicaciones para tomar decisiones correctas a lo largo de todo el proceso.

¿Acaso no leemos las instrucciones del fabricante cuando estrenamos un aparto eléctrico? Exactamente así funciona con nuestros hijos. Leer las instrucciones del fabricante y llamar a la línea de servicio al cliente (oración) son las cosas más sensatas que podemos hacer para desempeñar nuestro rol.

Hay un pequeño versículo que marcó mi vida e me hizo dimensionar nuestra función, Proverbios 31:1 “… la profecía que le enseñó su madre”, profeticemos sobre nuestros hijos, bendigamos lo que hacen y marquemos su destino hacia el Padre.

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